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21/8/19

Así, cada día


           María tomaba el café de la mañana, a las 11:00. Puntual. Salía de su oficina cerca de la calle central unos minutos antes y, sin pensar, acudía al bar de siempre. Los camareros la conocían, sabían que trabajaba cerca y que era una buena clienta, no solo por su fidelización sino por la tranquilidad, dulzura y elegancia, que daban al local ese toque señorial que lo hacían referente en toda la calle sin haber invertido ni un céntimo en publicidad. Quizá el secreto estuviera en que los camareros jamás eran invasivos, conocían, saludaban y dejaban espacio para que el cliente se sintiera cómodo. María necesitaba pensar. Llevaba un tiempo meditando cambiar de trabajo y de ciudad, no se lo había dicho a su círculo cercano, a nadie para ser más exactos. Solo al revolver el azúcar del café y darle vueltas con la cuchara tomaba conciencia del remolino de decisiones que tenía que afrontar y, como consecuencia, detener la cucharilla en un lugar concreto. Decisión fue la palabra que le vino a la cabeza a otro cliente que estaba en el otro extremo de la barra y que María ni siquiera observó. Meditó entré pagar con tarjeta o en efectivo y, aunque pareciera un acto trivial, tenía el importe exacto para coger uno de esos taxis que, sin datáfono, le obligaban a llevar la cartera más abultada de lo normal. Marcos, que es su nombre, decidió pagar con tarjeta. Luego se fue apresuradamente. Se giró de perfil para poder salir más rápidamente y el movimiento de su traje, la corbata y el peinado daban una idea resuelta y segura de su personalidad. Tal vez. Tenía prisa, preocupación. El desayuno había sido un remanso, pero tenía que conseguir la firma de un cliente hoy mismo. Si no el contrato de compraventa no se podría realizar en tiempo y forma. Calle abajo se tropezó con la mirada de una chica, se miraron, y cada uno siguió a lo suyo. Llevaba gafas de sol a una hora que todavía no era propicia, puesto que este iba apareciendo por tramos en esa calle, pero no justo por donde avanzaba. Aunque nadie lo supiera, temía que le leyeran la mirada, se sentía vulnerable y tierna. Lucía iba a ser madre en unos meses y andaba con el paso firme y dubitativo, como si fuera una mezcla de leona y gacela de Thomson, sabiendo a quien tendría que proteger y a qué dolores de parto iba a hacerle frente.  Cruzó la mirada con un perro que olfateaba el suelo, que a su vez giró la cabeza para mirar a otro perro mayor de color blanco y cuyo dueño tenía la mirada seria, solo miraba al frente y casi se tropieza con un señor que cruzaba la calle, pero de manera transversal, como si fuera un arfil. ¿Casualidad? Lucas era el párroco de la iglesia que estaba cerca de los bares próximos y hasta ellos fue. Entró en el bar saludando alegremente a los camareros como si fuese un compañero más. A cada uno por su nombre. Pidió un cortado y disminuyó progresivamente su euforia, cosa que agradeció la clienta que terminaba de beberse el vaso de agua con gas, que se llamaba María, que tenía múltiples decisiones que afrontar y un trabajo al que regresar inmediatamente justo después de pagar. Media hora son treinta minutos exactos. El pelo rizado ondeo levemente cuando se giró para darse media vuelta e irse, lo mismo que seguía moviéndose el ir y venir en aquella cafetería céntrica. Don Lucas, que así lo solían llamar, preferían que le quitaran el don y lo despidieran con un ¡hasta luego, Lucas!; era más informal y proponía más ligereza ante tanta pesadumbre. Justo hoy presentaría, en el banco que estaba más abajo, un proyecto de viabilidad para la reforma de la fachada de la iglesia, que ya había sido aprobado verbalmente por su diócesis. Tenía la cita con una tal María Zúñiga, en la mesa 8 de uno de los bancos que estaban arremolinados en torno a una zona concreta de la calle. Abrió la puerta, cogió número y esperó cerca de un hombre con traje y corbata y una chica que jugueteaba con unas gafas de sol, como si quisiese ponérselas. Cuando le tocó el turno, Lucas se dirigió a la mesa para ser atendido. María lo vio acercarse y lo miró con una sonrisa profesional, elegante, seria y discreta, luego se pusieron a hablar de negocios largamente. Hacia la puerta de salida se dirigió Marcos con una sonrisa entrecortada en dirección al bar más cercano. No había necesitado coger el taxi, el cliente había decidido acercarse él mismo hasta el banco y sellar el acto de compraventa. Y Lucía, unas mesas más allá, dejaba entrever una carcajada y un par de lágrimas, cuando le dieron la noticia de que su préstamo personal le había sido concedido.
Así, cada día. Ese trajín de movimientos, de miradas, de dudas, de alegrías, ruidos, rabia contenida, dolor y esperanzas, todo un concierto multitudinario, en cualquier espacio público, en el que forzadamente tengamos que cruzar nuestras miradas y pasos, crea una real y paradójica leve sensación de conexión y pertenencia. Y solo somos testigos del murmullo de la vida, que es infinitamente inferior, de manera inversa, a cómo es la vida verdaderamente.

12/4/15

La doble cara de la democracia



¿Para qué votar? Nunca lo he hecho, ni antes, ni ayer, ni en sueños. Me exiliaron como a un perro en el monte y casi me cuelgan del pescuezo aunque no lo lograron. Tuve que abandonar la patria y por aquellas honrosas ideas fui proscrito. ¡Te han olvidado a huir, no lo olvides! Los pendejos de mala madre que me miraban de reojo, son los que verán llegar, ahora, trajeado y con la frente muy alta, gritándoles desde el silencio. Malditos seáis. La familia se quedó toda allá, en ese país que clama y grita libertad y tuve necesariamente que olvidarme de la familia. Podría vengarme, ¿pero para qué? Ellos ya tienen noticias mías. Saben por la Pura que tuve limpiando retretes y vendiendo en el mercado y que gracias al esfuerzo pude montar una pequeña empresa de reparto de mercancías. Podría llegar y entregarle a cada uno una tarjeta de visita. Sin embargo, también estará Dolores, ¿y qué le digo? ¿Que han pasado 40 años y que tuve que rehacer mi vida con otra mujer? ¿Y qué les digo a los niños? Bueno, a los ya hombres, ¿qué palabra se puede buscar para mitigar el dolor del padre que quiso y nunca pudo? No tiene sentido. Los vecinos no perdonan las doble moral. O eres impecable, o no lo intentes. Sin embargo, ¿cómo perderme esta ocasión de abofetear a un país entero, a un sistema corrupto como aquel? ¿Cómo no brindar por la victoria de los buenos? Las primeras elecciones... ¡qué dura la decisión cuando ves todas las puertas que se abren, pero el frío helado te consume los recuerdos! Si don Pascual el maestro siguiera vivo debería rondar los 80 años. A él lo salvaron con merecida justicia, él nunca publicitó nada. Se limitó a hacernos pensar desde la neutralidad. Por el volvería, solo por él me acercaría a la urna, sujetándolo del brazo si estuviera muy mal, aunque les entregara un voto en blanco. Solo por él, me atrevería a volver a mirar a los delatores, solo por esa sed de justicia, te miraría a ti Matías, y a ti también Tomás, y por no escupiros a la cara me tragaría el orgullo, y solo os abofetearía, deteniéndome en la rendija de la urna durante dos segundos, a que se haga el silencio, para que pueda alimentar el hambre de venganza que atormenta mis sentidos, aunque me pese como un dolor de barriga tantos años tragando segundos de resignación y años de maldita aceptación.

28/3/15

Penélope cose la red de la portería



-Por fin lo conozco. Es usted el Messi del que todos hablan. Es un enorme placer conocerlo. Usted ha sustituido a las tertulias políticas y literarias de Buenos Aires y ha mantenido en un hilo la vida de muchos compatriotas cada domingo que padecen del corazón, incluso a los sanos. De esta Argentina populosa, usted es el emperador, si es que alguna vez hubo imperio. Perdone que le toque la cara, estoy ciego como sabe y esta es la única forma por la que me doy cuenta de que esta conversación es real y no una mera ficción.

-El placer es mío, maestro. ¿Cómo preferís que lo llame?

-Con Borges es suficiente.

-Le parecerá extraño que venga a visitarlo. Me confieso un pésimo lector, pero respeto su figura y su recorrido. Mi representante ha llegado a un acuerdo con su editorial y ven con buenos ojos la idea de una biografía mía, y para ello han pensado en usted para escribirla. No le han querido decir nada, esperaron a que me reuniera con usted y le diera la noticia. Ojalá lleguemos a un chance.

-Ahora entiendo la prisa y la ceremonia de la entrevista. Y dígame, ¿cómo quiere que me ocupe de este encargo si ya no puedo escribir ni una sola carta?

-El maestro es usted, seguro que se le ocurrirá algo. No he leído nada suyo, pero una vez, en el Barcelona, Guardiola, el que fuera mi entrenador, solía llevar su libro “Ficciones” en el autobús de vuelta de los partidos, y solía gastarme bromas. ¡Este sí es un figura!

-¿Su entrenador leía?

-Ah sí, mucho, Ibrahimovic lo llamaba el filósofo. Tenía fama de acudir a los teatros y las exposiciones.

-Nunca asistí a un partido de fútbol. No he comprendido ese juego. 22 hombres y diez mil espectadores. En la Edad Media las batallas las libraban diez mil almas y 22 nobles miraban. Le propongo una cosa, usted es rápido, supongo. Los niños que viven tres cuadras más allá de mi casa, corean todas las mañanas su nombre. Todos inventan un regate nuevo, parece que usted les inspira. Me comprometo a pensarme su oferta si usted lee “El espejo y la máscara”, una obrita mía que escribí hace tiempo que también transcurre en la Edad Media.

-¿Es complicada la obra esa?

-¡No se atormente! Tómese el tiempo que necesite. Léasela y se dará cuenta de la importancia que tiene escribir una sola palabra, y luego entenderá la responsabilidad que contraeré con el resto de los argentinos. Léasela y piense en el peor calificativo que le defina, una sola palabra.

-¿Por qué tiene que ser negativa, maestro?

-Porque si vamos a escribir una obra suya, tendremos que convencer hasta el más despiadado con su nueva imagen literaria, aquel por ejemplo que no tiene reparos en compararlo con Maradona y otras pelotudeces, aunque yo no sepa de fútbol. Le dejó un mes para pensárselo. ¡Qué diría Kipling si me oyera!

-La verdad es que no estoy acostumbrado a ver cosas negativas sobre mí, siempre las he regateado.

-De eso se trata, de que por una vez, usted sea el portero.

5/3/15

Con el permiso del maestro...



Macondo no es para ti

Cuando García Márquez se encontraba en su febril composición de “Cien años de soledad”, prácticamente no dormía. Al regresar de madrugada a su cama, su mujer Mercedes le decía cada noche: ¿cómo va la novela? Y él, sabedor de su dolorosísima empresa, le decía: No va mal, solo que tengo atravesado a un personaje. Se llamaba Cristóbal Dorta, y en los borradores de la novela, lo había descrito con el pelo corto, lo había hecho amigo de un estrafalario maestro zen que había llegado al pueblo con el gitano Melquíades, ofreciendo una bebida que, bendecida con una ramita y probada durante dos semanas, curaba del susto, las diarreas y la tristeza; mientras, su  madre y su padre verdaderos habían sido dos jaguares que lo habían alimentado más allá de Macondo, cruzando el río, en la misteriosa e impenetrable selva infinita, y él, Cristobalito solía guardar un cariño especial por Úrsula Iguarán, la generosa matriarca de la familia, que lo encontró riendo a carcajadas, desnudo y solo, muy solo, en un platanal salvaje. Cuando Gabo le contaba como lo estaba perfilando, Mercedes le decía: Está muy plano todavía. Al día  siguiente, se sentaba en el escritorio y no comía: le dejó el pelo largo con tirabuzones, lo hizo vestir siempre con pañuelos al cuello, le perfiló unos ojillos de ratoncito, lo hizo crecer y retozar bajo la mano de Jose Arcadio Buendía, que le enseñaba los secretos de la alquimia y la agricultura, mucho antes de que nacieron Aureliano y Jose Arcadio, y hasta probó a hacer una versión de la novela en la que la historia se bifurcaba, Macondo por un lado y Cristóbal Dorta, enrolándose y viajando con los gitanos, comprando por tres monedas un tomavistas cuadrado que revelaba los secretos de las personas y hasta el alma. Mercedes, por segunda vez lo escuchó y se enfadó con motivos: ¡Dijiste que ibas a empezar la novela con el descubrimiento del hielo, estabas entusiasmado, mírate ahora! Y entonces, un Gabo compungido y fatigado, le dio la primera bofetada a Cristóbal Dorta, rompió el manuscrito y lo tiró a la papelera. “No te mereces menos, solo me has traído fatigas”. Y fue entonces cuando se le encendió la luz creativa y enseguida apuntó en su cuaderno de notas: posible novela sobre un personaje que sufre por amor no correspondido hasta que se hace viejo; y añadió en el fervor: otra posible novela sobre un náufrago rescatado a sí mismo que nunca llega a readaptarse muy bien. Y desde la papelera, un Cristóbal sin miembros, convertido en celulosa, entre cuartillas y viejas cartas escuchaba sonriendo y abriendo los ojos pero ya enmudecido, como si quisiera decir: sí, sí, esas dos son mis historias.